Juan 11:38-44: ¡Lázaro, ven fuera!

0
111

Visite también nuestra Sección, Versículos Examinados del Nuevo Pacto
Visite también nuestra Sección, Apologética

  • «Entonces Jesús, de nuevo profundamente conmovido en su interior, fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta sobre ella. 39 Jesús dijo: Quitad la piedra. Marta, hermana del que había muerto, le dijo: Señor, ya hiede, porque hace cuatro días que murió. 40 Jesús le dijo: ¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios? 41 Entonces quitaron la piedra. Jesús alzó los ojos a lo alto, y dijo: Padre, te doy gracias porque me has oído. 42 Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que me rodea, para que crean que tú me has enviado. 43 Habiendo dicho esto, gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, ven fuera! 44 Y el que había muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadlo, y dejadlo ir» (Juan 11:38-44).

Esta, es una de las mejores y más conocidas historias del Nuevo Pacto, aun, entre aquellos que no profesan conocer a Jesús como Señor y Salvador.

Lázaro y Jesús eran amigos. María y Marta, eran hermanas de Lázaro. Pero este último enfermo, así que sus hermanas mandaron a buscar a Jesús, esperando que Él pudiera a su hermano. Pero Jesús no se apresuró para llegar al lecho de su amigo enfermo. De hecho, «se quedó dos días más en el lugar donde estaba» (v. 6). En el camino, Jesús les dijo a Sus discípulos que Su amigo había muerto. Al hacerlo, Jesús demostró una vez otro ejemplo de Su deidad a través de Su omnisciencia:

  • «Entonces Jesús, por eso, les dijo claramente: Lázaro ha muerto; 15 y por causa de vosotros me alegro de no haber estado allí, para que creáis; pero vamos a donde está él» (Juan 11:14-15).

Cuando Jesús llegaba, Marta salió a Su encuentro muy decepcionada, diciéndole: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto» (v. 21). Pero Jesús le dijo que su hermano resucitaría. Después, preguntó en qué lugar habían enterrado a Lázaro. Y lo que sucedió después, fue la resurrección milagrosa de Lázaro.

En esta historia, existen muchos puntos que autentican la deidad de Cristo. Jesús sabía que Lázaro había muerto antes que le dijeran. Sabía también que regresaría a la vida. Jesús le aseguró a Marta que aquellos, que, por fe, creían en el Señor Jesucristo nunca experimentarían muerte espiritual. Y sólo Dios puede hacer tal clase de afirmaciones. Finalmente, Jesús resucitó a un hombre de entre los muertos. Y esto, sólo puede ser hecho por el Dios Todopoderoso.

Lázaro estaba muerto. Su corazón había dejado de latir. No respiraba; tampoco le funcionaba su cerebro. Su cuerpo, después de cuatro días en la tumba, había empezado a descomponerse. Lázaro estaba muerto.

¿Qué podría hacer Lázaro para regresar a la vida después de cuatro días de estar muerto? ¿Podría haber decidido empezar a respirar nuevamente? ¿Podría haberle dicho a su corazón, «Empieza a latir»? ¡Definitivamente no!

La condición física de Lázaro era consistente con su condición espiritual y es también consistente con la condición espiritual de todo ser humano antes de que Dios, soberana y misericordiosamente, salve al pecador. Lázaro no solo estaba muerto físicamente, sino que además de la fe salvadora en el Señor Jesucristo, él también estaba muerto espiritualmente. Ese es el caso con toda persona que no es nacida de nuevo.

  • «Y Él os dio vida a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás» (Efesios 2:1-3).

La Salvación es la Obra Total de Dios

  • «La salvación es del Señor. ¡Sea sobre tu pueblo tu bendición! (Selah)» (Salmo 3:8).
  • «Mas yo con voz de acción de gracias te ofreceré sacrificios. Lo que prometí, pagaré. La salvación es del Señor» (Jonás 2:9).

Debido entonces a que la salvación es la obra total de Dios, el hombre no participa en su salvación, y la historia de Lázaro nos ilustra con esta profunda y fundamental verdad.

Muchos cristianos creen que la salvación es un proceso libre de trabajo, en el cual una persona se arrepiente y cree el evangelio, y como resultado recibe el regalo de la vida eterna. Y por supuesto que estoy de acuerdo en que la salvación es solo por la gracia de Dios, a través de la sola fe, en solo Jesucristo y sin obras realizadas por el que recibe el donde la vida eterna.

Lázaro era un hombre muerto. No había nada que él pudiera hacer para ayudarse en su resurrección física de entre los muertos. Lázaro pudo no obedecer la orden de Jesús de salir de la tumba si Dios, primeramente, no lo hubiera resucitado. Así es el caso con la salvación. Debido a que en el hombre no hay lugar para hacer lo bueno, ni un deseo específico para buscar las cosas de Dios (Romanos 3:10-12), y debido a que está muerto en sus delitos y pecados (Efesios 2:1-3), el hombre no puedo ni tampoco podrá, de su propia voluntad y conformidad, iniciar el proceso de la salvación escogiendo arrepentirse y creer en el evangelio.

¿Pero no escogen las personas arrepentirse y creer? Sí. Cada creyente nacido de nuevo en Jesucristo, en un momento de su vida, se arrepintió y creyó el evangelio. Pero no fue su arrepentimiento y fe las que llevaron a esa persona a la salvación. Cuando una persona se arrepiente y cree en el evangelio, lo hace como resultado de los primeros frutos de la gracia, misericordia y amor de Dios al respirar nueva vida espiritual dentro de esa persona. Una persona no se arrepentirá y creerá en el evangelio, hasta que Dios, por Su poder sobrenatural y milagroso, infunde nueva vida dentro de una persona; y hasta que Dios el Padre, a través de la fe en Dios el Hijo, y por el poder de Dios el Espíritu Santo hace que esa persona nazca de nuevo. De acuerdo con Su soberana voluntad y plan divino, Dios usa la proclamación, tanto verbal como escrita de Su evangelio, para traer los primeros frutos de un arrepentimiento verdadero y fe, en aquellos que Él hace que nazcan de nuevo; o sea, el hacerlos vivos espiritualmente.

¿Y qué hay del Libre Albedrío?

Aquellos que no están de acuerdo con esta posición teológica, o sea, que creen que es el libre albedrío de una persona para arrepentirse y creer lo que los llevará a su salvación, enfrenta un dilema insuperable:

  • «Porque la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para nosotros los salvos es poder de Dios» (1ª Corintios 1:18).
  • «Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente» (1ª Corintios 2:14).

Si una persona es resucitada de su muerte espiritual en Cristo como resultado de su arrepentimiento de su pecado y de creer en el evangelio, ¿Cómo puede entonces, una persona espiritualmente muerte tomar tan buena decisión por sí misma? ¿Cómo pueden las personas, quienes en sí misma y dentro de ellas, no tienen nada bueno (y aquí «bueno» lo definimos como la moral perfecta de acuerdo con el santo estándar de bondad de Dios) buscar por sí mismas a Dios (Romanos 3:10-12), y tomar una buena decisión para escoger la salvación en Jesucristo? ¿Cómo puede una persona, espiritualmente muerta, ver el mensaje de la cruz cuando es considerada, y de acuerdo con Pablo en la Palabra de Dios, como locura para los que se están perdiendo? Hasta que Dios no haga resucitar a una persona de su muerte espiritual en Cristo, esa persona es contada entre los que perecen. Porque, ¿Cómo puede el hombre natural, muerto en sus delitos y pecados, entender y aceptar que lo que es espiritual, o sea, el mensaje de la salvación solo por Cristo y a través de Él?

La respuesta, clara e inevitable, a estas preguntas es que una persona muerta no puedo y no hará algo que una persona viva puede hacer; lo que incluye obedecer a la orden física de salir de una tumba, o la orden espiritual al arrepentimiento y creer en el evangelio (Romanos 3:10-12; 1aq Corintios 2:14; Juan 6:65). La depravación del hombre y su muerte espiritual evita que responda por fe al amoroso llamado de Dios para salir de la tumba de pecado y muerte y pasar a vida eterna en Cristo Jesús.

No solo la depravación del hombre le impide escoger la salvación, sino que es la elección incondicional, predeterminada y divina de Dios como el único camino por el cual el hombre puede ser escogido para salvación. Lázaro no hubiera sido resucitado, a menos que Jesús hubiera decidido traerle a Él y al Padre gloria al resucitarlo de entre los muertos:

  • «Cuando Jesús lo oyó, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por medio de ella» (Juan 11:4).

Dios, y sólo Dios determina quién será salvo, y Dios lo determinó en la eternidad pasada (Efesios 1:3-14).

Era la Voluntad de Dios Salvar a Lázaro

No fue la voluntad de Lázaro de vivir lo que lo salvó. Fue la voluntad de Dios la que salvó a Lázaro:

  • «Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre, 13 que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios» (Juan 1:12-13).
  • «Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia la humanidad, 5 Él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo, 6 que Él derramó sobre nosotros abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador, 7 para que justificados por su gracia fuésemos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna» (Tito 3:4-7).

Finalmente, la historia de la resurrección física de Lázaro sirve como testimonio de la irresistible gracia de Dios. Habiéndole Dios dado vida nuevamente, y ordenado por Quien lo salvó salir de la tumba, Lázaro no tuvo más remedio que responder como lo hizo. De buena gana salió de la tumba. Piense acerca de esto. Si usted estuviera muerto y enterrado por cuatro días y milagrosamente fuera resucitado de entre los muertos, ¿escogería permanecer en la tumba? ¿Escogería permanecer enterrado vivo y atado con vendas podridas de muerte y putrefacción? ¡Claro que no!

Tan irresistible fue el don de la vida, que Lázaro no pudo sino obedecer la orden de Cristo de salir de la tumba. De igual manera es cierto con aquellos que Dios ha escogido amorosa y soberanamente resucitarlos en Cristo; o nacer de nuevo. Todos aquellos a quienes Dios da nueva vida en Cristo, responderán con arrepentimiento y fe y serán imitadores de Cristo; amándolo y queriendo guardar Sus mandamientos:

  • «Jesús respondió, y le dijo: Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada. 24 El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que oís no es mía, sino del Padre que me envió» (Juan 14:23-24).
  • «Sabiendo, hermanos amados de Dios, su elección de vosotros, 5 pues nuestro evangelio no vino a vosotros solamente en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo y con plena convicción; como sabéis qué clase de personas demostramos ser entre vosotros por amor a vosotros. 6 Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, habiendo recibido la palabra, en medio de mucha tribulación, con el gozo del Espíritu Santo, 7 de manera que llegasteis a ser un ejemplo para todos los creyentes en Macedonia y en Acaya» (1ª Tesalonicenses 1:4-7).

El regalo de vida eterna, el regalo misericordioso y amoroso de salvación, es tan irresistible y precioso que ninguna persona, resucitada en Cristo rechazará o desechará esta vida eterna, después de recibirla.

Si una persona pudiera resistir la gracia multiforme de Dios y Su soberana escogencia para salvar a una persona, entonces, en esa construcción teológica, sería el hombre el soberano y no, Dios. Pero sólo Dios es soberano. Fue por la voluntad de Dios que quebrantó a Su propio Hijo para que fuera posible la redención, justificación, santificación y posterior glorificación de los pecadores (Isaías 53:10). De igual manera, es por esa misma soberanía y voluntad omnipotente que cualquier persona recibe tan gran regalo; el regalo de la vida eterna.

Me gusta la historia de Lázaro. Sirve como un recordatorio hermoso y amoroso de mi propia depravación e incapacidad para salvarme o mantenerme vivo espiritualmente. También me recuerda del soberano poder del Dios Todopoderoso, que Él solo tiene el poder y capacidad para salvar a los pecadores. Finalmente, me recuerda de la gracia maravillosa e irresistible de mi Señor y Salvador que generosamente salvó a un miserable como yo.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí