Si Aceptamos a Jesús como Salvador, ¿Podemos Pecar Todo lo que Queramos?

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Ser salvo no se logra al recitar algunas palabras especiales. No decimos una frase mágica y nos salvamos. Simplemente no decimos: «Jesús, perdóname» y de repente todos nuestros pecados son borrados automáticamente simplemente porque pronunciamos algún tipo de frase considerad especial. No es una fórmula para la salvación o un encantamiento que de alguna manera nos limpia y que nos permite salir y continuar practicando el pecado.

La Biblia, en Romanos 6:1-2 registra: «¿Qué diremos, entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde? 2 ¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?». Desafortunadamente, hay quienes acusan a los cristianos de tener licencia para pecar. A este respecto, la Biblia dice: «¿Y por qué no decir (como se nos calumnia, y como algunos afirman que nosotros decimos): Hagamos el mal para que venga el bien? La condenación de los tales es justa». Note que Pablo afirma que los que acusan a los cristianos de hacer el mal son calumniadores.

Al contrario, la salvación es un constante recurrir a Dios para que nos limpie de pecado, nos arrepintamos y perdone para no pecar más. Este recurrir a Él es una sincera confesión de nuestra desesperanza ante Dios y una aceptación del sacrificio de Jesús para nuestro beneficio. Es simultáneo con el arrepentimiento sincero, que es apartarse del pecado, no caminar hacia este.

Recibir a Jesús en nuestros corazones significa primero, que hemos reconocido que somos pecadores e incapaces de salvarnos a nosotros mismos pretendiendo apaciguar la ira de Dios de alguna manera. Reconocemos delante de Dios que somos incapaces y dignos de condenación. Con esto, también reconocemos que Jesús fue quien pagó el castigo por nuestros pecados. Nos damos cuenta de que no existe forma de arreglar las cosas con Dios por nuestras propias obras. Cuando aceptamos a Jesús como nuestro Salvador, estamos aceptando el llamado al arrepentimiento del pecado por medio del Espíritu Santo. Dios entonces nos llama Sus hijos:

  • «Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre» (Juan 1:12).

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