Presentando el evangelio

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¿Cómo explicarles a las personas que necesitan a Jesús? ¿Les dice a ellos que Jesús los ama y que Él quiere hacer que sus vidas sean mejores? ¿Les dice a las personas que Jesús les puede perdonar sus pecados? ¿Que Jesús tiene un plan maravilloso para sus vidas y que deben creer en Él y pedirle que entre en sus corazones? Si es así, les puede estar haciendo daño. Así es: daño. Lo voy a explicar.

La ley

La ley debe venir primero para matar a la persona y así, el evangelio pueda hacerlo vivir. La ley debe convencer a la persona de sus pecados, de forma que desee la salvación. Es simple. Usted primero predica la ley y después, el evangelio. Debe hacer que las personas sientan sed por el agua de vida antes de que ellos quieran beber. La ley les hace tener sed.

Si un doctor le dice que debe tomar una serie de pastillas por dos meses y no le da razón de esto, ¿por qué debería tomarlas? Pero si le dice que esas pastillas lo harán sentir mejor y que su vida será más placentera, ¿las tomaría? Pero si considera que ya se siente bien y su vida es buena, ¿qué pasaría? Usted podría decir: “Bueno. Gracias. Tal vez las necesite en otra ocasión, o tal vez no. Pero lo pensaré. Gracias de todas formas”. Digamos entonces que usted empieza a tomarse las pastillas y no hay cambios en la forma como se siente y que su vida tampoco ha cambiado, ¿qué sucederá entonces? Seguro que las dejará de tomar debido a que no ha visto ningún cambio y no hay una razón para continuar tomándolas, por lo tanto, tomará la decisión de no tomarlas más.

De otro lado, digamos que su doctor le dijo que usted tiene una enfermedad que se lo llevará en seis meses y que su muerte será lenta y dolorosa. Entonces, el doctor le alcanza las pastillas y le dice: “Estas pastillas pueden curarlo y salvar su vida. Quiero que las tome”. ¿Las tomaría usted? ¡Claro que sí! Y esto se debe a que usted reconoce la situación desesperada en la que se encuentra. Reconocerá su gran necesidad y querrá la cura.
Pues bien, éste es el propósito de la ley. Nos muestra nuestro pecado: “¿Qué diremos entonces? ¿Es pecado la ley? ¡De ningún modo! Al contrario, yo no hubiera llegado a conocer el pecado si no hubiera sido por medio de la ley; porque yo no hubiera sabido lo que es la codicia[a], si la ley no hubiera dicho: No codiciaras” (Romanos 7:7). Entonces, porque entendemos que hemos pecado contra Dios, la ley nos muestra que estamos bajo la ira de Dios: “porque la ley produce ira…” (Romanos 4:15). La ley nos trae, tanto muerte física como espiritual debido a que le da poder al pecado para matarnos: “El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley” (1ª Corintios 15:56). Se supone que la presentación de la ley le muestra a una persona que ha violado la voluntad de Dios y que enfrentará la terrible condenación de Dios en el día de Su ira: “Mas por causa de tu terquedad y de tu corazón no arrepentido, estás acumulando ira para ti en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Romanos 2:5). Si usted no menciona esto cuando presenta el evangelio, no está mostrando la verdadera razón para la necesidad del evangelio; y esto, puede dificultar que una persona pueda, verdaderamente, llegar a Cristo.

Dios presentó la ley antes de presentar el evangelio; y tenía una razón: “De manera que la ley ha venido a ser nuestro ayo para conducirnos a Cristo, a fin de que seamos justificados por la fe” (Gálatas 3:24). La ley de Dios es, santa y justa: “Así que la ley es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno” (Romanos 7:12). ¿Ha quebrantado la santa y justa ley de Dios? ¿Alguna vez ha mentido, robado, engañado o ha estado enfadado con alguien injustamente? Si es así, entonces usted es un mentiroso, ladrón, engañador, asesino a los ojos de Dios debido a que ha cometido esos pecados. Le guste o no, sólo al hacer alguna de estas cosas lo califican para que todo el castigo de la ley caiga sobre usted:

“Porque todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo el que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gálatas 3:10).

“Porque cualquiera que guarda toda la ley, pero tropieza en un punto, se ha hecho culpable de todos. 11 Pues el que dijo: No cometas adulterio, también dijo: No mates. Ahora bien, si tú no cometes adulterio, pero matas, te has convertido en transgresor de la ley” (jacobo 2:10-11).

Dios es santo y justo, y de ninguna manera Él representará lo que no es la absoluta perfección y santidad que demanda Su presencia. Esta es la razón por la que el Dios del universo, santo e infinito castigará a todo aquel que ha pecado contra Él al quebrantar Su santa ley.

El evangelio

Debido a la dureza y verdad de la ley, reconocemos que la hemos quebrantado delante de Dios y que no podemos hacer nada para complacerlo ya que nadie puede ni ha podido guardar la ley perfectamente: “Todos nosotros somos como el inmundo, y como trapo de inmundicia todas nuestras obras justas; todos nos marchitamos como una hoja, y nuestras iniquidades, como el viento, nos arrastran” (Isaías 64:6). Por lo tanto, lo único que nos queda, es venir a la cruz: “De manera que la ley ha venido a ser nuestro ayo para conducirnos a Cristo, a fin de que seamos justificados por la fe” (Gálatas 3:24). La ley nos lleva a Cristo, obligándonos a ir al único que puede verdaderamente, perdonar nuestros pecados. Nos lleva a tal punto que nos encontramos sin esperanza internamente de forma que debemos volvernos a Cristo para que nos libere de la ira de Dios. Esta es la razón por la que el Hijo de Dios vino; y de esto se trata el evangelio. Jesús murió en la cruz para así, evitar que la ira de Dios caiga directamente sobre los pecadores. Por lo tanto, el único camino para ser “salvos” de la ira de Dios, es creer en Cristo. Esto es lo que significa ser salvo: “Entonces mucho más, habiendo sido ahora justificados por su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de Él” (Romanos 5:9). El evangelio no es acerca de un “buen” Dios que les está pidiendo a las personas que vengan a Él porque ama al pecador pero odia el pecado. De hecho, la Biblia no enseña que Dios ama al pecador pero odia el pecado; al contrario:

  • “Los que se ensalzan no estarán delante de tus ojos; aborreces a todos los que hacen iniquidad” (Salmo 5:5).
  • “Sean consumidos de la tierra los pecadores, y los impíos dejen de ser…” (Salmo 104:35).
  • “Seis cosas hay que odia el Señor, y siete son abominación para Él: 17 ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, 18 un corazón que maquina planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal, 19 un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos” (Proverbios 6:16-19).
  • “He aquí, el día del Señor viene, cruel, con furia y ardiente ira, para convertir en desolación la tierra y exterminar de ella a sus pecadores” (Isaías 13:9).
  • “para ejecutar juicio sobre todos, y para condenar a todos los impíos de todas sus obras de impiedad, que han hecho impíamente, y de todas las cosas ofensivas que pecadores impíos dijeron contra Él” (Judas 1:15).

Por lo tanto, cuando le presente el evangelio a alguien, asegúrese de predicar primeramente, la ley de Dios. Deje que la ley obre en la persona a quien le habla. Rompa ese corazón para que se abra a la semilla del evangelio, y si encuentra buena tierra esa palabra permanecerá. Deje que la ley le haga tomar conciencia al pecador de que ha pecado contra Dios y que hay un juicio venidero debido a esto. Entonces, cuando la persona esté lista, dígale: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Dígale que Dios se encarnó en la persona de Jesús (Juan 1:1, 14), que guardó perfectamente, toda la ley (1ª Pedro 2:22), fue propicio al Padre por nuestros pecados (1ª Juan 2:2), nuestra justicia es por fe de Cristo (Filipenses 3:9) y nos liberó del juicio venidero (Romanos 14:10; Hebreos 9:27). Y cuando predique las buenas nuevas, hágalo sabiamente, y con gracia:

“Andad sabiamente para con los de afuera, aprovechando bien el tiempo. 6 Que vuestra conversación sea siempre con gracia, sazonada como con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada persona” (Colosenses 4:5-6).

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