Romanos 8:9-11 y la Trinidad

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Por, Luke Wayne
28 de noviembre de 2016

«Sin embargo, vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros. Pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él. 10 Y si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, sin embargo, el espíritu está vivo a causa de la justicia. 11 Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros» (Romanos 8:9-11).

En la Biblia, este pasaje es tal vez uno de los testimonios más ignorados sobre la verdad de la Trinidad. Por supuesto que Pablo no está enseñando acerca de la Trinidad en estos versículos, pero cuando prestamos mucha atención vemos que está dando por hecho que la Trinidad es un fundamento común entre él y sus lectores. El lenguaje del pasaje sólo tiene sentido desde una perspectiva trinitaria. Tome nota de las frases que Pablo usa para describir cómo el Espíritu Santo mora en forma permanente en los creyentes:

  • «si en verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros».
  • «Y si Cristo está en vosotros».
  • «Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros».
  • «también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros».

Pablo llamó indistintamente al Espíritu Santo el «Espíritu de Dios» y el «Espíritu de Cristo». Esto no tendría sentido si Dios no se encarnó en la persona de Jesús. No hablaríamos intercambiando el «Espíritu de Dios» y por ejemplo, «el espíritu de Miguel el arcángel», o «el espíritu de un profeta» o «el espíritu de un hombre muy bueno». Tampoco consideraríamos que el «Espíritu de Dios» sea el mismo espíritu «como el espíritu de ese gran maestro humano realmente importante». De hecho, este pasaje iguala morando en usted, tanto al Espíritu de Dios como el Espíritu del mismo Mesías (Cristo). Lo anterior jamás podría ser afirmado por Pablo si se tratara de algún hombre mortal, un ángel, o algún «ser espiritual» menor.

Sin embargo, también hay algunas distinciones cuidadosas que se deben hacer aquí. El Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo, pero Él es también el Espíritu «que resucitó a Jesús de entre los muertos». Así, se diferencian entre sí, tanto al Padre como al Hijo. En este contexto, Cristo y Quien resucitó a Cristo de entre los muertos son personas distintas e interactivas. Por lo tanto, no estamos hablando de una persona que utiliza diferentes máscaras como en una obra de teatro, actuando a veces como Padre, otras como Hijo, y otras veces como el Espíritu Santo. Estamos hablando de un Dios que interactivamente es Padre, Hijo y Espíritu. Un Dios, tres personas.

Esto lo seguimos viendo en el resto del capítulo:

  • El Espíritu intercede ante Dios en nuestro favor desde dentro de nosotros mismos, y así es personal y distinto de Dios en el cielo:
    • «Y de la misma manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles; 27 y aquel que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, porque Él intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios» (Romanos 8:26-27).
  • Dios está trabajando todas las cosas para nuestro bien y para conformar a los creyentes a la imagen de Su Hijo Jesús para que sea primogénito; así vemos una distinción entre el Padre y el Hijo:
    • «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito. 29 Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8:28-29).
  • Jesús está a la derecha del Padre, intercediendo en representación nuestra ante el Padre:
    • «¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros» (Romanos 8:34).
      • El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personales, distintos e interactivos entre sí y con los creyentes.
  • Sin embargo, el amor divino del cual no podemos separarnos, es de forma intercambiable llamado el amor del Mesías (el Cristo) y el amor de Dios:
    • «35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:35, 39).

Una vez más, vemos tanto una unidad de ser como una distinción personal. Es cierto que el título «Dios», es generalmente usado aquí para el Padre, pero es también igualmente cierto que estamos hablando de un Ser Divino, el cual es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Existe un solo Espíritu compartido tanto por el Padre como por el Hijo, y sin embargo, ese Espíritu es personal e intercede en oración ante el Padre y el Hijo (Romanos 8:28-29). Existe un solo amor que es tanto el Amor de Dios y el Amor de Cristo. Si el Espíritu mora en nosotros es porque Cristo habita en nosotros, y sin embargo, la intercesión del Espíritu es distinta de la intercesión de Cristo. El Espíritu intercede y Cristo TAMBIÉN intercede. Así, vemos que a lo largo de este pasaje el apóstol Pablo da por sentado un Dios en tres personas. Este pasaje depende de la presuposición de la doctrina de la Trinidad para establecer sus puntos. Tanto Pablo como sus hermanos y hermanas en Roma creyeron esto, y así Pablo, inspirado por el Espíritu, pudo escribir libremente construyendo su teología sobre la base de estos términos (Padre, Hijo y Espíritu Santo), sin confusión.

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